Cuando la inclusión falla

Tere Jiménez, la madre de Santi, ha escrito varios blogs para CURE SYNGAP1.

Además, Teresa fue invitada en el episodio 6 de Café SYNGAP1.

(Editor’s note – this is the original Spanish version; our translated English version, “When Inclusion Failsis here.)


Quién diría que, siendo una maestra trabajadora para el Estado, tomaría la decisión de sacar a mi hijo con SYNGAP1 de las aulas regulares. Hoy quiero compartir algo que, sin duda, ha sido una de las decisiones más complejas que he tomado como madre. Una decisión que me mantuvo durante mucho tiempo en una profunda encrucijada.

Durante años viví apresurada, intentando que mi hijo no “perdiera” los hitos del desarrollo. Me frustraba y me dolía ver que no los alcanzaba al ritmo esperado. Fueron terapias diarias, cambios constantes y rutinas exigentes que terminaron por agotarme física y emocionalmente. Pero, curiosamente, eso no fue lo más difícil.

En América Latina, la educación inclusiva existe… sí, pero muchas veces solo en el papel. Como docente y como madre de un niño con discapacidad, lo he vivido tan de cerca que verdaderamente duele.

Santiago ingresó a una escuela regular. Buscamos siempre lo mejor dentro de lo posible: cercanía, apoyo para niños con discapacidad, instalaciones seguras, sin tantos riesgos, y un turno que me permitiera estar disponible en todo momento. Por eso elegimos el turno vespertino.

Aún recuerdo el día de su inscripción a primer grado. Entré con Santiago caminando, con sus documentos en mano. La maestra, muy amable, comenzó a llenar el formulario. Todo iba bien… hasta que llegó a la pregunta: “¿Tiene alguna discapacidad?”. Respondí que sí. En ese instante, su sonrisa cambió. Tal vez nadie más lo notó, pero yo sí. También percibí las miradas hacia mi hijo.

Terminamos el trámite. Tomé a Santiago en brazos porque quería acercarse a ver las plantas. Salí de ahí en silencio… llorando por dentro. Caminé con mi niño, que apenas iniciaba la primaria, sintiendo cómo mi corazón se hacía pequeñito.

Aun así, reuní valor. Me repetía que era normal, que no todos los docentes tienen la preparación o la experiencia para atender a niños con discapacidad, y menos a un niño como Santi, con sus particularidades.

Durante su etapa en primaria, viví pendiente del teléfono. Ante cualquier llamado, yo llegaba en menos de dos minutos para atender lo que fuera necesario: cambiarlo, contenerlo en momentos difíciles, acompañarlo en cualquier situación. Me esforzaba todos los días.

Con el tiempo, redujeron su horario. Y, para ser honesta, eso le ayudó: su nivel de estrés disminuyó. Yo complementé con más terapias por la tarde.

Así transcurrieron seis años.

Hubo maestros comprometidos, dispuestos a hacer lo mejor con lo que tenían. Otros… prefiero no mencionarlos, porque no vale la pena. Pero sí quiero decir algo con claridad: en México, la inclusión muchas veces sigue siendo solo un discurso.

Hoy, desde mi lugar como docente, quiero explicar lo que también vivimos nosotros.

Siempre me prometí ser la maestra que yo hubiera querido para mi hijo. Amo profundamente mi profesión y procuro dar lo mejor de mí en el aula. Sin embargo, el sistema no acompaña.

Grupos de más de 35 alumnos. En ellos, varios niños con necesidades educativas específicas. Barreras de aprendizaje diversas. Y un solo docente al frente.

En mi escuela contamos con apoyo de USAER, lo cual es valioso. Nos capacitan, nos orientan. Pero la realidad es otra: es humanamente imposible atender con calidad a un grupo tan numeroso y diverso sin los recursos adecuados. Es antipedagógico… y, muchas veces, termina siendo hasta negligente, aunque no sea la intención del docente.

Por más vocación y esfuerzo, llegué al límite. Terminé agotada, incluso necesitando atención psiquiátrica para poder sostener la carga emocional de una “inclusión” que, en la práctica, recae sobre una sola persona.

No hay maestros de apoyo suficientes. No se dividen grupos porque “no alcanzan los números”. Y así, hacemos lo que podemos con lo que hay. Solo quienes tienen verdadera voluntad marcan la diferencia. Porque también es cierto: hay quienes simplemente dejan pasar al alumno sin mayor compromiso… y todos seguimos recibiendo el mismo salario.

Ahí fue cuando tomé una decisión profunda.

Al llegar el momento de la secundaria para Santiago, algo en mí cambió. No fue rendirme como madre —eso jamás—. Fue dejar de luchar contra una corriente que no está diseñada para sostener a mi hijo.

Decidí no exponerlo a un sistema que “vería qué puede hacer con él”. Corté de raíz.

Elegí otro camino.

Hoy, Santiago cuenta con apoyo en casa: terapia ocupacional, ejercicios motrices y acompañamiento académico. La parte social la trabajamos en otros espacios: salimos, vamos a parques, centros comerciales, viajamos, exploramos el mundo juntos.

Sé que mi hijo forma parte de una estadística real… y dolorosa. Somos esa realidad que muchos prefieren no mirar, porque implica inversión, compromiso y cambios profundos.

Hoy, sin embargo, me siento en paz. Santiago avanza a su ritmo. Es un ritmo lento, sí… pero es avance, y eso es lo que verdaderamente importa. Dejé de ir contra la corriente. Entendí que, por más voluntad que exista, hay límites que un solo docente no puede romper.

Aplaudo profundamente a quienes lo intentan, a quienes se comprometen, a quienes aprenden junto a sus alumnos con discapacidad.

Y a nuestros gobiernos: dejen de poner a padres y docentes en bandos opuestos. Escuchen. Actúen. Generen verdaderas condiciones de inclusión.

A los docentes: no veamos a los padres como adversarios. Ellos solo buscan hacer valer un derecho.

Mejor unámonos. Levantemos la voz juntos. Exijamos los recursos, las condiciones, el acompañamiento que nuestros niños necesitan.

Para que la inclusión deje de ser un discurso… y se convierta en una realidad.

Para que nuestros hijos no sigan siendo solo una estadística.

Y sistemas educativos: “la verdadera inclusión comienza cuando dejamos de fingir que ya existe.”

Con amor, Terliz ✨